Tú y yo nos conocimos porque estábamos hechos para querernos unas cien mil noches. Porque tu brazo encaja perfectamente en mi hombro. Porque nuestros pasos quedaban muy bien en el verano de ese mar. Y lo más normal era que un día te encontrara y me obsesionara por ti. Por eso, nunca me faltaron sueños. Ni ilusión. Alguna vez pensé en rendirme. Pero cuando llegaba uno de esos días, te miraba a los ojos y entonces volvía a llover en cualquier rincón donde fuera que estuviéramos. O me hacía la dura en algún sofá. Pero sabía que tú y yo estábamos hechos para rozarnos, como solía planear. Y aunque me haya costado convencerte. Y aunque bese otras bocas, mientras me centro. Seguirán pasando los días con ganas de verte. Y darte cien besos, y preguntarte si piensas tanto en mí, como yo pienso en ti.
